¿Qué atesora un Barrio Obrero? Archivos y documentos en el mundo popular
Silvina Merenson
En 2019 llegué al barrio, ubicado en Boulogne, en el sector norte del conurbano bonaerense. En él iniciamos una investigación que tenía entre sus objetivos comprender los vínculos entre las autoidentificaciones de clase, las identificaciones políticas y su inscripción territorial. Elegimos este barrio por diversas razones que van de su escala –pequeña en comparación con otros vecindarios del distrito– a su potente identificación ferroviaria y peronista presente desde su origen, a mediados de la década de 1940. También por la heterogeneidad controlada que condensa en términos de ingreso y otras variables usualmente empleadas para definir la “clase objetiva”.
¿Qué hace una investigadora social en un barrio popular? La primera respuesta rápida y no concluyente no es demasiado misteriosa: observa, conversa y escribe “registros de campo”; realiza entrevistas, toma fotos y filma videos. Buena parte del trabajo etnográfico con los sectores populares hace lugar a ello, a la oralidad, a la imagen. Aunque hoy me produzca algo de pudor, debo decir que por varios meses abordé el barrio como si se tratase de una “sociedad simple” cuyos integrantes no leen, escriben o documentan sus vidas. Esto fue así hasta mi encuentro con Gabriela. En nuestra primera conversación me llamó mucho la atención el modo en que entrelazaba sus formas de considerar las experiencias de clase con la vida cotidiana y barrial. Esto era acompañado por referencias muy específicas: fechas, números, nombres exactos de programas sociales, de destacados funcionarios y referentes políticos. Al observarlo, supe que había sido secretaria de la Asociación Vecinal del barrio desde su creación a comienzos de la década de 1980 y que guardaba, en sus palabras, “las carpetas con toda la documentación”. Sin saber muy bien a qué se refería, le pregunté si podía tener acceso a ellas.
Es difícil exagerar el hallazgo. Entre otros materiales, las carpetas en cuestión albergan el registro del hacer de la Asociación Vecinal entre 1982 y 1993. Estatutos, actas de reuniones y asambleas, la correspondencia escrita sostenida con distintas dependencias del municipio, Ferrocarriles Argentinos, solicitudes de presupuestos y formularios correspondientes a la gran cantidad de convocatorias impulsadas por el gobierno de la provincia de Buenos Aires a las que se presentó la Asociación. En su conjunto, todo el material remite a un ciclo barrial que, explorado en el prisma biográfico de Gabriela, va de la participación vecinal en el auge del fomentismo a la privatización de los ferrocarriles durante la primera presidencia de Menen y su breve paso por el Partido Justicialista. Entre todos estos papeles a veces ajados, otras alcanzados por el agua y el óxido, mecanografiados o escritos a mano alzada, hallé un autocenso.

Entre octubre y diciembre de 1984, la Asociación llevó a cabo un “censo total y participativo” realizado por los propios vecinxs. En seis columnas (apellido y nombre, número de matrícula ferroviaria, puesto, cantidad de integrantes de la familia a cargo, número de casa y firma) el censo registra información correspondiente a 184 unidades habitacionales. Una primera y rápida lectura de los datos sirvió para redimensionar algunas de las impresiones del barrio que tenía hasta entonces: era abrumadora la cantidad de hombres (171) que figuraban como “cabeza de familia” en relación con las mujeres (13); la cantidad de unidades habitacionales que contaban con 5 o más integrantes no alcanzaba el 25% de la muestra censal; las personas que figuraban como “pensionadas/jubiladas” eran pocas (12) y prácticamente no tenían familiares a cargo (3); al menos 16 familias habitaban –como en el momento fundacional del barrio, 40 años antes– en precarios vagones de tren.

El autocenso daba cuenta de un barrio bastante distinto del que había podido imaginar a partir de las entrevistas y, desde ya, de aquel que me encontraba caminando: un barrio en el que predomina el empleo informal y las familias extensas, cuya jefatura es femenina. Dar con este censo fue una advertencia respecto de los riesgos de naturalizar (esto es, deshistorizar) determinados rasgos sociodemográficos que se toma como diacríticos a la hora de describir los barrios populares. También me permitió captar la historicidad de las fronteras y distinciones que persisten hasta la actualidad: en el censo puede identificarse “el frente” o “la zona de “los chalets” –construidos durante el primer peronismo-, la “de la canchita” o “el medio” y “el fondo”.
¿Por qué auto-censarse? Porque tras la restauración democrática se rumoreaba que los lotes y las viviendas pertenecientes a Ferrocarriles Argentinos (FFAA) serían entregados a las familias que los habitaban y la Asociación quería presentar la situación y las necesidades de cada una de ellas. Nada de esto sucedió en ese momento. Varias familias conformadas como cooperativa adquirieron sus propiedades al estado nacional en enero de 1993, según el boleto de compra-venta que es parte del acervo y lleva la firma de Domingo Cavallo, por entonces Ministro de Economía. El encuentro con este material fue el comienzo de un activo relevamiento documental que compartí con Lucía Sánchez, vecina del barrio y estudiante de Ciencia Política en la UNSAM y Sofía Aguilar, fotógrafa y amiga de Lucía.
¿Quién dice qué es un “archivo”? El mundo social es demasiado denso y complejo como para que las disciplinas que nos ocupamos de abordarlo nos arroguemos el control de la definición de las nociones con las que lo interpelamos. Pensemos en otras: “cultura”, “identidad”, “política” … ¿quién tiene el monopolio legítimo de su definición? Si estos ejemplos no fuesen suficiente argumento, los churinga y la analogía levistraussiana podría asistirnos en la propuesta que sigue. Entonces, ¿hay archivos en los hogares de los barrios populares? Sí, tal vez, sí. Nuestras y nuestros interlocutores en el trabajo de campo guardan, a veces atesoran, infinidad de papeles y periódicos, fotos y objetos. Lo hacen por distintas razones y conforme a distintos criterios clasificatorios y de preservación. En el barrio encontramos lo que denominamos “archivos nativos”, conjuntos documentales hallados en el campo; algunos eran personales, otros familiares, otros institucionales y, otros, los entrecruzaban. En todos los casos estaban allí, dispuestos a convertirse en evidencia de algo.
En el hogar de la familia Carranza conservan desde hace setenta años, entre varios otros documentos y fotografías, el acta de creación de la primera sociedad de fomento del barrio fechada el 1ro de mayo de 1954. Allí se ve la firma de Nicolás Carranza, su presidente, por entonces camarero del Belgrano Norte. Carranza y Francisco Garibotti, ambos vecinos del barrio, fueron fusilados en los basurales de José León Suárez el 10 de junio de 1956. Un mural y una placa colocada por el Concejo Deliberante de San Isidro en 1998 los homenajea, y dos pasajes del barrio llevan sus nombres.


La familia también conserva el telegrama que recibió Berta Figueroa, viuda de Nicolás y madre de sus seis hijos, 5 meses después de la “Operación Masacre”. En él Ferrocarriles Argentinos le notificaba la exoneración de Carranza, la deuda contraída por los gastos de la vivienda desde su “fallecimiento” y el desalojo de la familia en el plazo de 30 días. Un documento cruel, guardado por casi setenta años… Además de integrar la sociedad de fomento, Nicolás Carranza enseñó oficios y construyó juguetes en una unidad básica de Villa Adelina, también participó de la comitiva que colocó una ofrenda floral en la Estación de Boulogne en ocasión del primer aniversario de la muerte de Eva Perón. Así lo registran las fotos que conviven con esta carta en el archivo familiar.


En el hogar de la familia Rodríguez, entre otros documentos, conservan una carta fechada en mayo de 1971 dirigida a Ramón, ocupante de la vivienda número 21.650. En ella, el Jefe de Distrito de Vías y Obras informaba del resultado de una inspección barrial, solicitaba a los ocupantes de las viviendas “dejarlas en condiciones a la mayor brevedad procediendo al pintado […], ordenamiento y limpieza […] como así también a retirar cualquier agregado o anexo precario que afee la estética del lugar”. Párrafos debajo se llamaba a “interpretar el deseo del Sr. Administrador y proceder a normalizar las situaciones irregulares”, al mismo tiempo en que se recordaba las consecuencias de no hacerlo. Esto era, el desalojo. A comienzos de la década de 1970 las familias ferroviarias veían acontecer la pérdida de miles de puestos de trabajo, el descenso del transporte de cargas y pasajeros, el cierre de ramales y la tercerización de algunas tareas. Por entonces el barrio crecía por su propio crecimiento vegetativo y sumaba nuevas unidades habitacionales levantadas en los terrenos originales (“agregado o anexo precario”, en la carta); también recibía a nuevas familias que fueron estableciéndose en el poco espacio disponible. Lo que en este documento era una preocupación por “el aseo y la estética” era una contundente transformación subjetiva para sus habitantes: el barrio originalmente ferroviario había ganado pasajes y pasillos por los que comenzó a ser conocido –y reputado- como “villa”. Este documento, impiadoso ante la situación de miles de familias, lleva entre los Rodríguez más de 50 años… Con él, y otros varios documentos que pertenecieron a Ramón Rodríguez, una de sus hijas confeccionó una suerte de collage que testimonia parte de la biografía cívica y laboral ejemplar de su padre nacido en Córdoba en 1911, obrero ferroviario desde 1939, jubilado en 1973.


En otros hogares se conservan fotografías tomadas en el barrio desde su creación. Buena parte de ellas en ocasión de celebraciones comunitarias: carnavales, procesiones, festejos de cumpleaños, asados, torneos y partidos de fútbol; también decenas de estampitas de comunión tomadas en su capilla que se remontan a la década de 1950. A cuantas más personas preguntábamos, más materialidades recolectábamos. ¿Hacer con todo ello? ¿Qué?
En términos académicos comencé a formular preguntas simples: ¿Quién, cómo, qué y para qué se guardan documentos en el mundo popular? ¿Qué dicen sobre la experiencia y la imaginación social e histórica en el presente? En términos socio comunitarios, el impulso fue colectivo y en buena medida Lucía, sus hermanos y sus compañeros oficiaron de motor. En pandemia, crearon una cuenta en Facebook y otra en Instagram en las comenzaron a recibir y postear fotografías compartidas por distintos vecinos y vecinas.
La pandemia fue dura y dolorosa en el barrio. Algunos de sus vecinos y vecinas fallecieron. Prohibidos los velorios, los cortejos recorrieron las calles del barrio. A su paso y desde las veredas, vecinxs despedían a vecinxs. Estos momentos condensaron como ningún otro la distancia y el aislamiento en un barrio cuya vida comunitaria tiene una larga razón y tradición. En 2022, luego de dos años de suspensión y tras la flexibilización de algunas de las restricciones, el barrio volvió a conmemorar el 1ro de mayo. Creímos entonces que era una buena ocasión para propiciar un reencuentro. Además de comer locro en la calle, pintar un mural, cantar folclore y rapear, organizamos “un barrio tour”. Solicitamos la colaboración de Ximena Espeche, Mariana Rocca y Gabriel Di Meglio, que visitaron el barrio previamente y con quienes diseñamos el recorrido que fue guiado por Lucía. Guiadxs por el autocenso de los años ochenta, comenzamos la visita en “el fondo” del barrio, en el que aún pervive uno de los vagones en los que vivieron muchas familias, seguimos por “la canchita” que es centro y punto de encuentro de la vida comunal, y finalizamos en “el frente” o “los chalets”. En ese recorrido fuimos haciendo “paradas” en las que distintxs vecinas y vecinos compartieron algún periodo de la vida barrial. Sobre el Pasaje Garibotti montamos una muestra de documentos y fotografías que resultó de la siembra, y de la interpretación del gesto creativo y disruptivo de Podría ser yo.

La idea de “gesto” bien puede condensar todo el recorrido que traté de sintetizar hasta aquí. El primero, desde ya, es “el gesto de poner aparte” del que dice De Certeau “nace el archivo”. El segundo, que tiene su origen en el anterior, es el gesto protagonizado por Lucía, que vio en todos estos materiales alojados en distintos hogares, algo que hacer. De los dos anteriores, un tercero, llevado adelante por quienes fueron parte de la jornada del 1ro de Mayo y cuya reiteración advertí constante: muchos dedos índices posados sobre las fotografías y documentos expuestos que acompañaban la identificación de alguien, el recuerdo de alguna situación, la elaboración de alguna reflexión y, claro, las emociones compartidas abriéndose paso.





